La
tragedia empieza cuando estás demasiado enfocado en la meta, porque cuando no
la logras, te frustras. Deberías enfocarte más en el camino, concentrar toda tu
energía en mejorar tus virtudes, en pulir tus deficiencias. Día a día. No
importa si logras la meta o no. El talentoso no disfruta sólo porque gana,
disfruta porque está haciendo lo que más sabe y lo que más le gusta hacer; ya
eso tendría que ser un motivo para sentirse feliz.
El verdadero
talento sabe que su valía no depende de que gane siempre, sino de que sabe
“hacerlo fácil”, que todo le fluye. El talentoso muchas veces no sabe cómo va a
solucionar las cosas, pero sabe que las va a solucionar, que sólo necesitará de
un mínimo instante iluminado y será capaz de desplegar toda su creatividad bajo
presión.
No hay que
convertir las dificultades en tragedias. La clave es entender que esto es un
juego donde lo primordial es aprender y avanzar, que en cualquier momento vas a
ganar o perder, pero siempre hay que seguir. La característica más importante
de un talento es su capacidad para aprender cada día.
El talento
no siempre se manifiesta desde un comienzo. Si tienes buena técnica y te
consideras un buen jugador es porque eso siempre estuvo allí, sólo que después
lograste generarlo. Nadie puede dar lo que no tiene. Como el escultor que desde
el primer momento que encuentra una piedra vislumbra la escultura que puede
tallar. Si no tienes esa visión será inútil el esfuerzo.
Y recuerda
esta frase de Bruce lee en la película Operación dragón: “Vacía tu copa para
que pueda ser llenada. Quédate sin nada para ganar la totalidad”
El
principal patrimonio del ser humano es su energía vital. Qué haces durante tus
24 horas con esa energía. De la manera en que la administres dependerá que
puedas potenciar tu talento. Que te alimentes adecuadamente (dieta de
deportista), que descanses lo indispensable, que aprendas a gestionar tus
conflictos, que te dediques a una actividad productiva en tus tiempos libres.
Que evites los
desgastes innecesarios: Que aprendas a vivir relajado, con un mínimo de esfuerzo,
como un gato durante el día, recargándose, para que, cuando lleguen los
momentos de máxima exigencia, puedas contar con esa energía deliberadamente
acumulada.
Si no eres
capaz de manejarla bien, esta energía, con seguridad, terminará despilfarrada, agotada
o disminuida, de tal forma que sería tanto como salir de casa con el celular
con un par de rayitas de carga.
El coach
Jim Loehr (*) exponente de esta teoría, nos habla de que hay que tener mucho
cuidado con las historias que contamos. Se desperdicia mucho tiempo y energía,
cuando una persona se pone a quejarse, triste o furiosa. Narrar un panorama
pesimista y negativo es definitivamente inútil. Es preferible cierta
indiferencia al fracaso, que sepas que, en realidad, los fracasos son
secundarios y hasta necesarios, apenas pequeñas desviaciones del camino cuando
tienes clara la meta.
Un ánimo
alegre y dispuesto predispone al triunfo. ¿Por qué andar fastidiado,
tensionado, amargado, si más bien tienes que agradecer que ya te dieron, que
tienes un don, un gusto por lo que haces, una familia que te apoya y quizás
hasta la posibilidad de cristalizar tus sueños?
Jim Loehr
(*): Coaching estadounidense, especialista en orientar atletas de alto
rendimiento.

